Llegar a la escuela

El área de Hebron que quedó bajo el control exclusivo de las fuerzas israelíes abarca los espacios típicos de la vida de una ciudad: las casas, las plazas, el mercado de víveres, los negocios de todo tipo y también las escuelas.

La escuela Córdoba, sufrió los efectos de la Segunda Intifada: entre el año 2000 y el 2003 asistían sólo 50 niños. Los bloqueos en calles y caminos, el miedo a las revueltas en las calles, la violencia por parte de soldados y colonos, entre otras causas, hacía más difícil a los niños acceder a su educación.

Durante la ocupación, la fuerza ocupante debe garantizar el acceso a la educación de acuerdo a la Cuarto Convenio de Ginebra (1949).

“Art. 50: La Potencia ocupante, con la cooperación de las autoridades nacionales y locales, facilitaran el buen funcionamiento de los establecimientos dedicados a la atención y educación de los niños…

Sin embargo, el día a día para los niños de Hebron no se encuentra garantizado por este artículo ni por ningún otro artículo o ley o convenio. Ni siquiera por la buena suerte, que de tanto en tanto cae en forma de soldado menos malhumorado.

Los niños llegan al inicio de calle Shuhada, ahí nomás de Bab Al Zawiya (el mercado actual), y deben pasar por un checkpoint en forma de contenedor.

El checkpoint 56 cierra calle Shuhada desde hace 20 años

El checkpoint 56 cierra calle Shuhada desde el año 1994.

Del otro lado de los detectores de metal esperan 2 soldados de entre 18 y 20 años fuertemente armados y con una importante misión: controlar a unos 350 niños menores de 16 años que pasan a diario para acceder a las escuelas que quedaron bajo ocupación.

Las reglas de esa misión parecen no estar claras y el comportamiento de los soldados resulta, dentro de ciertos límites, imprevisible. A veces los niños pasan sin ser detenidos aunque el detector de metales se enfurezca. Pero otras tantas veces, la mayoría de las veces, deben volver atrás, quitarse la mochila y todo lo que altere la paz del detector de metales y volver a pasar una y otra vez. Hasta el cinturón de sus pantalones. Del otro lado, un soldado aburrido revisa las mochila llenas de libros, útiles escolares y quizás unas papas fritas. Es parte del juego y la respuesta es parte de la resistencia. Aunque los niños sepan que el detector suena cada vez, ellos no van a sacar voluntariamente las llaves o las monedas del bolsillo ni el cinturón de sus pantalones. Aunque les lleve más tiempo, aunque haya un soldado malhumorado del otro lado que les grite en otro idioma, ellos van a ignorar la autoridad extranjera.

Acceder a la escuela para algunos puede ser un camino largo. Para otros es un camino horrible.

Llegar a la escuela para algunos puede ser un camino largo. Para otros es un camino horrible.

Tras años de protesta por la exposición diaria al detector de metales, la autoridad ocupante accedió a dejar pasar a los maestros por una puerta lateral. A pesar de que el soldado ve pasar a las mismas maestras, día tras día les exige mostrar su documento donde señala que es maestra y habitualmente se demora más de lo necesario en abrir la puerta. Y de paso les revisa la cartera.

Los caprichos de la ocupación, de los asentamientos colonos y la violencia prohiben a los niños caminar transitar los últimos 100 metros hasta la puerta de la escuela. El sinsentido se materializó en una escalera improvisada en piedras y un caminito por el cual los palestinos pueden caminar a 5 metros del camino original. Y aún así, el asedio habitual motiva a los distintos organismos observadores de derechos humanos a hacerse presente a diario, tanto el en checkpoint como en el desvío que lleva a la escuela. Es más, las autoridades palestinas decidieron comenzar las clases más temprano para evitar los roces con los niños colonos que viven en los asentamientos cercanos. ¿Ridículo?

Hoy hay unos 150 niños que pueden acceder a la escuela Córdoba bajo estas condiciones de ocupación y unos 350 niños se ven beneficiados por nuestra presencia.

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